Mi primer “encuentro” con el presidente ocurrió de manera fortuita. Iba camino a mi trabajo manejando por la autopista San Isidro. De repente me doy cuenta que la autopista está vacía. En esos días estaba “fiebrando” unas bocinas nuevas que le había puesto al carro, así que subí a música a todo volumen y pisé el acelerador. Iba como a 120 Km. y no escuchaba nada. Que sorpresa la mía cuando un franqueador motorizado de la escolta presidencial me alcanza y me hace señas de que me detenga. En ese momento fue que me percaté de que toda la caravana presidencial venía detrás de mí y de que yo le estaba impidiendo el paso. Con el estruendo de la música no había escuchado las sirenas ni los altoparlantes que me ordenaban detenerme. Inmediatamente reduje la velocidad y salí de la vía. El franqueador motorizado no continuó con la caravana, se detuvo delante de mi carro, mientras otro pasaba a ocupar su lugar. Estaba un poco sobresaltado por la repentina parada. El policía se desmontó de su motocicleta, dejándola con las luces y sirenas encendidas. Sacó su arma y se dirigió a mí apuntándola hacia el suelo. Luego de que pasó la caravana la autopista volvió a quedar vacía. Ningún auto pasaba solo estábamos el policía y yo. En ese momento comprendí que la autopista estaba cerrada para permitir el paso del presidente de la república que viajaba al exterior ese día por la base aérea de San Isidro. Yo no sabía como había acabado en medio de todo eso. Cuando el policía llego a la puerta del carro me pregunta que si tengo arma de fuego. Le digo que no. Me ordena que me baje del carro, y luego procede a registrarme. Al mismo tiempo que me registraba comenzó a darme un discurso:
- ¿Por qué uté no se paró cuando se le dijo?
- Excúseme llevaba la música alta y no…
- Cállese! es que uté no repeta la autoridad! ahh tu ere deso malcriao…
En ese mismo momento me dí cuenta que tenía que quedarme callado. Hay momentos en que es mejor no tener la razón aun tú sabiendo que la tienes. Sentí una de las vergüenzas mas grandes al verme a mi mismo con las manos al cielo siendo registrado en plena vía publica como un delincuente o un terrorista.